Anteriormente en …y yo a California
Mónica y Jose han llegado a los USA tras un viaje de más de 24 horas, y se han instalado en un pequeño apartotel en Livermore, California. Tras recuperarse de los cambios de presión y adaptarse a una diferencia horaria de 9 horas mediante novedosas técnicas médicas consistentes en dormir mal y encontrarse peor durante la primera semana, se disponen a comenzar su integración en esta lejana y extraña tierra de prodigios.
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Tengo la teoría de que, si en este país utilizan millas en vez de kilómetros, es por que aquí nunca hay nada a un kilómetro de distancia. Todo está más lejos, por lo menos a una milla. Estarás de acuerdo conmigo en que, estando así las cosas y a menos que uno sea Paquillo Fernández, no es recomendable ni responsable ir andando a ningún lado. Créeme, nosotros lo hemos intentado, y si hay algo peor que llegar a tu destino sudando y con los pies recocidos, es darte cuenta en ese instante de que tienes que volver por donde has venido si no quieres dormir al raso esa noche.
Supongo que muchos de vosotros, europeuchos del tres al cuarto, estaréis ahora pensando: “Para eso hizo Dios los autobuses”. Y puede que eso sea cierto en vuestros diminutos países, pero aquí utilizar el transporte público tiene serios inconvenientes. Por ejemplo la frecuencia con la que pasan, que es tan baja que si pierdes el autobús el lunes para ir al trabajo, tienes que llamar a tu jefe para pedir la semana libre. Luego esta el trazado, que sobre el mapa siempre se parece a un atractor de Lorentz. Resulta que el autobús que tienes que coger hace doce recorridos distintos al día, dependiendo de la hora, del número de personas que lo cojan y de donde quieras ir tú, que es justo donde el autobús que acabas de coger no para. Por otro lado están tus compañeros de viaje, que son de esa clase social que siempre lleva todas sus posesiones en un carrito. Si quieres que un grupo de pandilleros te mire con respeto y baje la voz cuando tú pasas, asegúrate de que te vean bajar de un autobús.
La única opción razonable que te queda es comprarte un coche. América esta lleno de negocios de coches usados, así que la tarea debería resultar fácil, si no fuera porque como todo lo demás, todos ellos están muy lejos de donde estas tú, estés donde estés.
De modo que para comprar un coche, hay que ir en coche (lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿Cómo demonios se compró el primer americano el primer coche? Pero no nos metamos en camisas de once varas, que aquí hace mucho calor).
El caso es que tuvimos suerte, y un compañero de Mónica en el laboratorio, francés él para más señas y de nombre Guillaume, que también acaba de aterrizar en USA y tiene todavía la característica cara de susto, andaba por aquí buscando coche pero con la ayuda inestimable (Oh, afortunado compatriota de Napoleón) de un coche de alquiler.
Así que un sábado cualquiera nos vestimos con nuestras caras de poker y como experimentados tratantes de ganado salimos a la carretera a comprar un coche de segunda mano a uno de esos vendedores que en las películas siempre le venden una tonelada de chatarra al padre del protagonista adolescente (que aquí tiene un término técnico bastante simpático: limón).
La primera parada fue en un concesionario de Ford (en todos los concesionarios venden coches de segunda mano de todas las marcas) donde nos atendió un indio de la India que, al enterarse de que éramos españoles, empezó a balbucear algo así como “siesta, paella” y nos contó que tenía un hijo que vivía en España, y que hablaba español mejor que él (francamente, no creo que tal cosa sea posible, después de su asombrosa demostración). De este buen hombre aprendimos tres cosas: En primer lugar, que un coche se puede sustituir, pero la mujer de uno no (como argumento irrefutable, siempre fuera del estado de Utah, sobre la importancia de comprar un coche más seguro y por casualidad más caro). A lo que por cierto Mónica se aprestó a responder “Eso espero” con la mirada cargada de confianza en mí. En segundo lugar, que los indios de la india tienen muy buen ojo. Nada más verme, y para mi completo pasmo, me dijo que yo era informático. En tercer lugar que la lógica de los indios de la india no esta hecha para los europeos, porque cuando le pregunté que como lo sabia, me respondió con una de las frases más enigmáticas que jamás se hayan escuchado en un concesionario de coches: “Porque yo soy indio, y todos los indios son informáticos”. Quizá algún amable lector me lo pueda explicar, pero desde mi punto de vista, y suponiendo que sea cierto, bueno, hasta donde yo se, no soy indio, así que no se me puede aplicar. Pero es que tampoco puede ser cierto, porque él, que si es indio, regenta un negocio de coches usados.
En fin, con todo este conocimiento ganado, pero sin coche, seguimos nuestro camino al siguiente concesionario.
Resultó ser uno de Toyota y si el indio nos pareció de una credibilidad cuando menos discutible, en la cueva de ladrones en la que nos estábamos metiendo podía haber pasado por Papa Noel.
Nada más entrar con el coche en el recinto, una docena de vendedores que esperaban bajo una pequeña carpa para escapar al sol de justicia de aquel día (la friolera de 102º F ó 39º C) posaron los ojos sobre nosotros. Nosotros reaccionamos como hubiera hecho cualquiera, sintiéndonos observados y empezando a pensar que tener un coche no era tan importante después de todo. Antes de poder bajarnos del coche se nos acercó un tipo que parecía Al Pacino en Scarface, pero con tatuajes. Nos preguntó que queríamos (volver a subir al coche y salir de allí sin volver la vista a tras) y sin detenerse a escuchar la respuesta nos enseño algunos coches viejos de los que quería deshacerse. Temiendo terminar en el maletero de alguno de ellos nos mostramos poco comunicativos, lo que Pacino confundió con una gran habilidad negociadora, por lo que llamó a su jefe. El tipo en cuestión resultó ser un marroquí (intercambió unas cuantas frases en francés con Guillaume para demostrarlo, y a nosotros nos dijo algo así como MadridBarcelona), lo cual nos dio mucha tranquilidad, porque nuestros vecinos norte africanos siempre han tenido fama de comerciantes honestos y honorables. El hombre no hablaba demasiado bien el inglés, cosa que no le puedo reprochar dado que yo tampoco, y no paraba de repetir: “No preocuparse, yo me ocuparé de vosotros”. Amigo, precisamente lo que nos preocupaba era que se ocupase de nosotros.
Como seguíamos sin mostrar interés, el marroquí también llamó a su jefe (ya estábamos a dos pasos del señor Toyota en persona), quien, como corresponde a su cargo, vino montado en un carrito de golf, al que nos invito a subir. El caso es que debía de ser un carrito de golf europeo, porque sólo podían ir sentadas dos personas. Y como en el orden de precedencia de nacionalidades España está por detrás de Francia y América, a Mónica y a mi nos toco ir de pie sobre una especie de hueco para los palos de golf en la parte trasera. Claro que también pudo ser que siendo de un país tan “caliente”, al tipo le pareciera que con solo 39º, Mónica y yo necesitábamos estar más cerca del Sol. Por otro lado, debo decir que uno no puede decir que ha vivido hasta que no ha ido de paquete en espacio para los palos de golf de un carrito de golf europeo marcha atrás. A pesar de los múltiples viajes en carrito por toda la hacienda Toyota, no encontramos ningún coche que nos gustase, lo que no nos impidió conseguir un buen trato: nos llevamos el coche alquilado del francés en el que habíamos ido por sólo 3000$, a 1000$ por barba y sin perder ni uno de nuestros apéndices.
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Esta historia tiene un final feliz. Tras vencer múltiples inconvenientes en otros tantos vendedores de diverso pelo e inasequibles al desaliento, al final compramos un Kia Spectra, con lo que una vez más cumplimos con la obligación de todo buen americano… tener un coche coreano.
Nuff Said!!!
jueves, 21 de mayo de 2009
sábado, 9 de mayo de 2009
Prólogo y primeras impresiones
Pues ya estamos en América (durante los últimos dos meses pensé que nunca llegaría a poder decir esto), concretamente en un pequeño pueblo en la zona de la bahía de San Francisco llamado Livermore. Por supuesto, el pueblo es pequeño según los estándares americanos, porque tiene 80000 habitantes, lo que en Europa capacita a una población a exigir su independencia y sus propios delegados en la ONU. Para aquellos amantes de la geografía, diré que exactamente nuestras coordenadas espaciales son las de un apartotel cercano al aeropuerto local.
Sólo llevamos una semana aquí, pero ya puedo decir con bastante seguridad que me encanta este sitio. El aire es puro, hay por lo menos cincuenta árboles por habitante y la gente es amable aunque te esté sirviendo café un domingo a las 7:00 AM. Para mi tiene una ventaja adicional, porque cuando paseamos por Livermore, me parece estar dando una vuelta por el mismísimo Smallville.
Resumiendo, ahora mismo me encuentro en el sexto cielo (ayer estaba en el quinto, pero a última hora encontré una tienda de comics en el centro del pueblo).
Si todavía no estoy en el séptimo es porque existen ciertas diferencias entre nuestro país de adopción y el viejo continente que me recuerdan que, por mucho que aquí brille el sol, y créeme muchacho, no llaman a California el estado del oro por nada, no estoy en casa.
Así a bote pronto, y para no alargarnos demasiado, se me ocurren un par:
1. El que todo es mucho más grande en América es un hecho. En la mayoría de los coches de aquí yo podría ir colgado del llavero. De hecho, creo que con mi estatura y según las leyes de California tengo que sentarme en una silla para niños para que me den el permiso de conducir. Las raciones de comida son pantagruélicas (y no se que le ponen a la carne, pero creo que podría comer “New York steaks” hasta quedarme tonto, y no sería el primero), la gente es gigantesca, y las casas, los estacionamientos, las calles. Aquí un litro son cuatro litros (un galón) y cuando hace mucho frío ¡están a cincuenta grados! En fin, supongo que resulta inevitable sentirse diminuto, como Gulliver en el país de los gigantes.
2. En América, la expresión “vestir casual” tiene un significado distinto. Es más, diría que tiene otra dimensión. Los zapatos son un calzado que uno sólo utiliza para recoger un oscar, y si llevas combinados los calcetines con la camisa, todo el mundo da automáticamente por sentado que eres de la aristocracia europea o que te diriges a tu cena de pedida de mano. Aquí se sigue llevando sombrero dentro de los coches, como en las películas de los cincuenta o bigotes que llegan hasta la nuez, como en las de los 70. O las dos cosas, como Lee Van Cleef en el bueno, el feo y el malo. Y con respecto a los adolescentes, ¡que decir! Están los que parece que te vayan a atracar, los que parece que te vayan a comer, y el resto, que parece que te vayan a atracar para comerse tu dinero. Todo esto combinado con el punto uno, produce muchas veces una desagradable sensación de desasosiego.
Bueno, creo que ya está bien por hoy. Estoy cansado de escribir y tengo que guardar algo de material para los próximos dos años. Pero voy a terminar con algo gracioso que nos ha pasado esta semana.
Como ya he comentado, vivimos en un apartotel, que se diferencia de un hotel en que te acuestas en la misma habitación en la que te has hecho la cena. Como ya has podido deducir, tenemos cocina. Y la cocina tiene un extractor, tan potente que nadie llevando un bisoñé podría utilizarlo. Es también muy ruidoso y en definitiva, bastante molesto, así que no lo utilizo. Ni que decir tiene que, después de freír un par de maravillosos “New York steaks” en una habitación de 20 m2, parece que nos encontremos de madrugada a las orillas del Támesis en pleno siglo XIX. Lo que he olvidado mencionar es que en esa misma habitación, también tenemos la que creo es la mejor alarma antiincendios de toda California (y esto no pretende ser una broma cruel). Ya puedes imaginar el resto. Por dos veces ha bajado Mónica a recepción perdiendo las zapatillas por el camino para que detengan espectáculo de sirenas y luces estroboscópicas del cuarto. Lo único que nos tranquiliza y a la vez nos horroriza, es que en ninguno de los dos casos ni los vecinos ni el staff del hotel parecían haberse enterado que nuestro cuarto parecía un concierto de Jean Michele Jarre. O aquí se fríe carne a menudo, o a nadie le importa si dos españolitos de a pie mueren achicharrados en California mientras se preparaban una cena “american style”.
Nuff Said!!!
Sólo llevamos una semana aquí, pero ya puedo decir con bastante seguridad que me encanta este sitio. El aire es puro, hay por lo menos cincuenta árboles por habitante y la gente es amable aunque te esté sirviendo café un domingo a las 7:00 AM. Para mi tiene una ventaja adicional, porque cuando paseamos por Livermore, me parece estar dando una vuelta por el mismísimo Smallville.
Resumiendo, ahora mismo me encuentro en el sexto cielo (ayer estaba en el quinto, pero a última hora encontré una tienda de comics en el centro del pueblo).
Si todavía no estoy en el séptimo es porque existen ciertas diferencias entre nuestro país de adopción y el viejo continente que me recuerdan que, por mucho que aquí brille el sol, y créeme muchacho, no llaman a California el estado del oro por nada, no estoy en casa.
Así a bote pronto, y para no alargarnos demasiado, se me ocurren un par:
1. El que todo es mucho más grande en América es un hecho. En la mayoría de los coches de aquí yo podría ir colgado del llavero. De hecho, creo que con mi estatura y según las leyes de California tengo que sentarme en una silla para niños para que me den el permiso de conducir. Las raciones de comida son pantagruélicas (y no se que le ponen a la carne, pero creo que podría comer “New York steaks” hasta quedarme tonto, y no sería el primero), la gente es gigantesca, y las casas, los estacionamientos, las calles. Aquí un litro son cuatro litros (un galón) y cuando hace mucho frío ¡están a cincuenta grados! En fin, supongo que resulta inevitable sentirse diminuto, como Gulliver en el país de los gigantes.
2. En América, la expresión “vestir casual” tiene un significado distinto. Es más, diría que tiene otra dimensión. Los zapatos son un calzado que uno sólo utiliza para recoger un oscar, y si llevas combinados los calcetines con la camisa, todo el mundo da automáticamente por sentado que eres de la aristocracia europea o que te diriges a tu cena de pedida de mano. Aquí se sigue llevando sombrero dentro de los coches, como en las películas de los cincuenta o bigotes que llegan hasta la nuez, como en las de los 70. O las dos cosas, como Lee Van Cleef en el bueno, el feo y el malo. Y con respecto a los adolescentes, ¡que decir! Están los que parece que te vayan a atracar, los que parece que te vayan a comer, y el resto, que parece que te vayan a atracar para comerse tu dinero. Todo esto combinado con el punto uno, produce muchas veces una desagradable sensación de desasosiego.
Bueno, creo que ya está bien por hoy. Estoy cansado de escribir y tengo que guardar algo de material para los próximos dos años. Pero voy a terminar con algo gracioso que nos ha pasado esta semana.
Como ya he comentado, vivimos en un apartotel, que se diferencia de un hotel en que te acuestas en la misma habitación en la que te has hecho la cena. Como ya has podido deducir, tenemos cocina. Y la cocina tiene un extractor, tan potente que nadie llevando un bisoñé podría utilizarlo. Es también muy ruidoso y en definitiva, bastante molesto, así que no lo utilizo. Ni que decir tiene que, después de freír un par de maravillosos “New York steaks” en una habitación de 20 m2, parece que nos encontremos de madrugada a las orillas del Támesis en pleno siglo XIX. Lo que he olvidado mencionar es que en esa misma habitación, también tenemos la que creo es la mejor alarma antiincendios de toda California (y esto no pretende ser una broma cruel). Ya puedes imaginar el resto. Por dos veces ha bajado Mónica a recepción perdiendo las zapatillas por el camino para que detengan espectáculo de sirenas y luces estroboscópicas del cuarto. Lo único que nos tranquiliza y a la vez nos horroriza, es que en ninguno de los dos casos ni los vecinos ni el staff del hotel parecían haberse enterado que nuestro cuarto parecía un concierto de Jean Michele Jarre. O aquí se fríe carne a menudo, o a nadie le importa si dos españolitos de a pie mueren achicharrados en California mientras se preparaban una cena “american style”.
Nuff Said!!!
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